El sonido rítmico del respirador era lo único que llenaba la habitación de la unidad de cuidados intensivos. Julián Almagro no se había quitado el uniforme en cuarenta y ocho horas. Sus charreteras, antes impecables, estaban torcidas, y su rostro, siempre afeitado a la perfección, mostraba una barba descuidada de varios días.No se había movido del lado de Bianca. Ni siquiera cuando el consejo militar lo llamó para declarar sobre el fraude de Elena. Ni siquiera cuando su suegro, Rodrigo, intentó entrar a la habitación para "explicarse". Julián lo había sacado a empujones, prometiéndole que, si Bianca no despertaba, él mismo se encargaría de que Rodrigo terminara sus días en una prisión de máxima seguridad.—Vamos, fiera... —susurró Julián, tomando la mano de Bianca, que se sentía gélida—. No me des el gusto de ganar esta batalla. Despierta y grítame. Haz lo que quieras, pero abre los ojos.Como si el sonido de su voz fuera el detonante, los párpados de Bianca temblaron. Sus ojos se ab
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