Un rato después, Eduardo se marchó en su auto, va para la casa donde ordenó que le retuvieran a su padre. Lo encontró amarrado de pies y manos, sentado en una vieja silla de madera. Su corazón no siente pena por él, esa sed de venganza la tiene desde que era un niño, ahora solo toca llevarla a cabo para que su mente se sienta en paz.—¡Hijo, has venido a soltarme!, dime que te has arrepentido de hacerme daño. Por favor dímelo hijo.Imploró. —¿Acaso tú te arrepentiste de golpear por tantas veces a mi madre? una mujer que lo único que te dio fue su amor y dos hijos. ¿Con qué le pagaste? Golpeándola, acostándote con otras mujeres y tantas cosas más que le hiciste. ¿Y así quieres que yo tenga consideración de ti ahora? Ja, ja, ja, estás equivocado mi querido papá.—No lo hagas, te prometo que si me dejas en libertad voy a cambiar y le pediré perdón a tu mamá.—Eso jamás, desde hace muchos años deseé tenerte así como estás ahora, suplicando por piedad. Pero nunca me atreví a hacerlo po
Leer más