Eduardo se enfureció al ver a la maldita zorra sonriendo como dueña y señora de su cuerpo.
—¿Qué putas te pasa, prima?
Reclamó, dándole un empujón que la mandó directo al suelo húmedo.
—No te hagas el pendejo primo, yo sé que tú me deseas a mí. Yo deseo que me hagas tuya, quiero que tú seas el primer hombre en conocer mis partes íntimas y el que descubra el tesoro de virginidad que traigo escondido y que lo he reservado solo para ti desde que te conocí.
Dijo la chiquilla poniéndose de pie, por