La discusión tuvo la repentina y desagradable cualidad de las cosas que se han mantenido en secreto demasiado tiempo y luego se rompen de golpe. La voz de Isla era áspera, aguda, acusatoria y triunfal. Leonardo, que hasta ese momento había llevado su pragmatismo como una armadura, sintió el pánico y la codicia de siempre batallar en su interior: rescate o venganza, sangre o negociación. En el centro de todo, Emilia yacía atada a la pared, pálida y frágil, con la respiración entrecortada, cada sílaba de su pelea como un golpe que la atravesaba."Tú nos metiste en este lío, Isla", espetó Leonardo, con los dedos blancos sobre el arma que nunca había estado lejos. "Fuiste tú quien ensució mi vida con ella. Corrompiste todo lo que tenía".Isla sonrió sin regocijo. "Hice lo que tú, por ser demasiado blando, no hiciste, Leo. Retiré la podredumbre cuando no la soportabas. Deberías haberme agradecido por limpiar las tablas"."Te comportas como una santa", replicó. “Cuando eras tú quien se sent
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