Francine levantó el mentón en cuanto vio la mano extendida.La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa ladeada, cargada de ironía.—Es un poco tarde para caballerosidades, ¿no crees? —murmuró, sin disimular la provocación.Dorian inclinó levemente la cabeza, un brillo de desafío cruzando sus ojos.—Para bailar contigo, nunca es tarde. —Su voz salió baja, firme, casi una invitación imposible de rechazar.Francine suspiró, puso los ojos en blanco con suavidad, pero al final posó la mano en la de él.—Está bien… pero solo una canción.Él sonrió, satisfecho, y la condujo con naturalidad hacia el centro del salón.En cuanto llegaron, el cuarteto de cuerdas inició una melodía suave, casi hipnótica.La pista estaba vacía, y por eso todas las miradas los siguieron, atraídas por el contraste: ella, radiante con el vestido que centelleaba bajo la luz, y él, de una elegancia impecable, seguro en cada gesto.Los primeros pasos fueron silenciosos.Francine, acostumbrada a las multitudes, se
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