Margaret Winchester no pidió sentarse.Permaneció de pie frente a Denisse como si el solo hecho de hacerlo fuera una afirmación silenciosa de autoridad. El bastón oscuro descansaba entre sus dedos enguantados, sosteniéndola con firmeza, aunque su cuerpo delgado evidenciaba el desgaste de los últimos meses. Su piel estaba pálida, casi traslúcida bajo la luz grisácea del atardecer, pero sus ojos… sus ojos seguían siendo los mismos de siempre: severos, calculadores, imposibles de esquivar.La enfermedad había tocado su cuerpo, pero no había logrado quebrarla.—Vayan con tus hermanos, Noah —ordenó, sin levantar la voz, sin mirar a Noah ni a Fred. Ahora.Noah frunció el ceño. Su instinto era quedarse, intervenir, evitar lo que claramente se avecinaba, pero conocía demasiado bien a su madre. Cuando Margaret hablaba así, no había negociación posible.—Madre… —intentó—. No es necesario que…—Noah —repitió ella, apenas girando el rostro—. Confía en mí.Fred apretó la mano de su tío con fuerza.
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