Julio César NolascoLa recuerdo como si hubiera sido ayer… Isadora Tavares. Cabello negro, largo y lacio, que se deslizaba como seda cuando el viento lo rozaba. Su mirada siempre se posaba en mí con una dulzura desarmante, y la sonrisa que me regalaba llevaba algo que, en aquel entonces, no supe interpretar del todo bien. Cariño, admiración, tal vez amor.Nos conocimos todavía en la secundaria, en un colegio de élite de São Paulo, un lugar que moldeaba hijos de gente poderosa para cargos y apellidos importantes, pero que para mí quedó marcado porque fue ahí donde la conocí. Isadora era bonita, tímida, diferente de la mayoría de las chicas. Nuestra cercanía fue natural: yo la ayudaba con matemáticas y, a cambio, ella me ayudaba con lengua. Recibía su atención sincera; no tenía segundas intenciones… al menos al principio.Cuando elegí estudiar comercio exterior, ella eligió Derecho. Y, por algún motivo que yo fingía no ver, escogió la misma universidad que yo. En el fondo, sabía que no
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