Gustavo
Observaba a mi padre dirigirse hacia la puerta de la mansión, todo elegante y perfumado. Avanzaba con su postura firme e inquebrantable. El chofer ya lo esperaba afuera, junto a la escolta de seguridad. Aún estaba cerca de la puerta cuando no resistí y solté:
—Insolente… —mis ojos seguían fijos en Livia—. ¿Vas a decirme de qué tanto hablaban tú y mi padre?
Ella me lanzó una mirada irritada y cruzó los brazos.
—No empieces, Gustavo.
Me acerqué a los enormes ventanales de la mansión y me