Thais Cabral
Me quedé observando a Beto mientras comía como si cada bocado fuera una victoria. Grande, de hombros anchos, manos pesadas. Uno de esos hombres que ocupan espacio e intimidan sin necesidad de decir mucho. Su semblante cerrado no cambiaba. Sus ojos pequeños evaluaban todo a su alrededor con la calma de alguien que ya vio e hizo cosas que ni siquiera quiero imaginar.
“Míralo”, pensé, con un hilo de placer mezclado con el escalofrío que él me provocaba. Beto devoraba la comida con gan