Gustavo
Caminé por el pasillo; el silencio de la mansión solo hacía más fuerte el sonido de mis propios pasos. Me detuve frente a la puerta del cuarto de Livia e intenté abrir, pero estaba con llave. Golpeé con firmeza hasta oír su voz, medio desconfiada:
—¿Quién es?
No respondí. Me quedé ahí, esperando. Cuando la manija giró despacio, metí la pierna en la abertura y forcé la entrada. Entré sin pedir permiso, como siempre, y fui recibido por su mirada furiosa.
—¿Qué quieres, Gustavo? —preguntó,