La habitación privada del segundo nivel de Club Nocturne tenía esa clase de lujo que no buscaba gustar, sino imponer. Sábanas de seda negra, un dimmer que domesticaba la luz hasta volverla una penumbra perfecta, una botella enfriándose en hielo como si el tiempo también obedeciera a quien pagaba. El silencio era espeso, no por ausencia de ruido, sino por la sensación de que allí dentro nada quedaba registrado. Nada existía, salvo lo que uno decidiera recordar.Adriana cerró la puerta con un clic suave y se quedó un instante de espaldas a ella, como si escuchara a través de la madera el pulso de la música abajo, ese latido ajeno que seguía sucediendo para otros. Cuando se giró, el vestido plateado atrapó la luz y la devolvió en destellos breves, un brillo hecho para los ojos. Adriana era así: una presencia que no pedía espacio, lo tomaba.—Entonces… —empezó, caminando sin prisa hacia Stefan—. ¿Vas a decirme qué te tiene tan alterado? ¿O vamos a fingir que esto es solo nosotros recordand
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