SOPHIE La casa aparece al final de la calle como un refugio demasiado grande para lo frágil que me siento. Cuando Chris apaga el motor y bajamos del coche, el aire parece distinto, más denso, como si incluso el silencio tuviera memoria. Lo primero que busco con la mirada es a Max. Apenas cruza la puerta, corre hacia mí con esa energía intacta que solo tienen los niños que todavía creen que el mundo, a pesar de todo, es un lugar seguro.Me agacho con cuidado y lo abrazo. Lo hago con fuerza, quizá demasiada. Aspiro su olor, ese olor tibio a jabón y a infancia que me devuelve al presente, que me ancla. Él se ríe, me rodea el cuello con los brazos y me cuenta algo sin importancia —un dibujo, una serie, una tontería mínima— y yo asiento, sonrío, respondo como si nada más existiera.Pero no es verdad.Mientras Max habla, mis ojos se mueven solos. La ventana del frente. El reflejo en el vidrio. El pasillo lateral que da al jardín. El cerco. La sombra que no debería estar ahí. No puedo evita
Ler mais