JohnJohn estaba de pie en un rincón más apartado, casi oculto por la sombra proyectada por una farola de luz tenue. El murmullo de los turistas, las risas sueltas y el tintinear de las copas pasaban a su alrededor como si no existieran. Su semblante serio contrastaba con el ambiente festivo, y su mirada, fija, estaba clavada en un único punto frente a él.El restaurante, con el encanto de una fachada de principios del siglo pasado, exhibía sobre la puerta un letrero de letras elegantes y un logotipo minimalista: «La Brise».John consideró que el nombre era perfecto. «La Brisa», en francés: discreta, suave, pero inolvidable. Era como Elizabeth: una presencia ligera, pero imposible de ignorar.—¿Qué piensa hacer, señor? —preguntó Bruce a su lado, en voz baja, casi con cautela.John no respondió. Sus ojos permanecieron atentos al movimiento de las personas que entraban y salían. Hasta que, entre el bullicio, distinguió la llegada de Adam y Sara. La mandíbula de John se tensó de forma ca
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