Lo que me faltaba.
Amanda no esperó ni un segundo más.
Apenas tomó la avenida hacia la clínica, el tráfico se le volvió una burla personal. Los carros avanzaban con esa calma desesperante que solo existe cuando tú tienes el mundo incendiándose por dentro y el resto del planeta sigue viviendo como si nada.
Amanda apretó el volante, sintiendo cómo el pulso le subía a las sienes. Tocó la bocina una, dos veces, con rabia contenida, y por un instante la tentación de