El helicóptero descendió sobre Ginebra cuando el sol ya tocaba los tejados con ese color particular del atardecer en octubre, entre el ocre y el cobre, que Camila había aprendido a reconocer durante los meses que llevaba viviendo en esa ciudad sin haberla elegido. Desde la ventanilla observó el lago reflejando la luz como si fuera metal fundido, y pensó, no por primera vez, que Ginebra era una ciudad que te dejaba vivir sin preguntarte demasiado, lo cual era exactamente lo que necesitaba alguien que durante años había tenido demasiadas respuestas que dar.Catalina dormía en el asiento contiguo con la cabeza inclinada hacia el hombro, el cabello oscuro cayendo en mechones sobre la mejilla. En el asiento del frente, Marcus revisaba algo en su teléfono con la expresión concentrada que usaba cuando los datos no cuadraban del todo, pero que en este caso Camila interpretó simplemente como el hábito
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