La instalación en Islandia no se parecía a nada que Camila hubiera imaginado durante el vuelo.Había anticipado algo clínico, frío en el sentido institucional, con paredes blancas y el olor característico de los desinfectantes hospitalarios que ya asociaba con los peores meses de su vida. En cambio, encontraron una estructura integrada en la roca volcánica como si siempre hubiera pertenecido allí, con ventanales que miraban hacia un campo de lava cubierto de musgo verde pálido y, más allá, el perfil irregular de montañas que el cielo gris de octubre convertía en siluetas casi abstractas. El interior era cálido. Madera oscura, luz indirecta, el sonido distante del viento filtrándose por algún conducto de ventilación.Marcus había revisado el perímetro en silencio durante los primeros veinte minutos. Catalina sostenía a Gabriel Ricar
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