Dos hermanos que nunca se conocieron se encuentran sobre la tumba del hombre que los separó.El cementerio privado de la familia Méndez-Montes ocupaba media hectárea en las afueras de la ciudad, rodeado por muros de piedra cubiertos de hiedra que habían visto más de un siglo de entierros discretos. La sección olvidada, donde reposaban los parientes que la familia prefería no recordar, se ubicaba en el extremo noreste, bajo la sombra perpetua de tres cipreses centenarios que bloqueaban la luz del sol incluso al mediodía.Don Ricardo Méndez llegó primero, conduciendo su propio vehículo por primera vez en meses. El Mercedes negro se detuvo junto a la verja oxidada que separaba la sección respetable de la olvidada. El anciano descendió con movimientos que traicionaban su edad pero no su determinación, su bastón hundiéndose en la tierra húmeda con cada paso.A veinte metros de distancia, oculto entre los árboles como una sombra armada, Marcus observaba cada movimient
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