Lucya llegó a la mansión Neizan envuelta en silencio y en el calor pesado del abrigo de piel que Aleksander Oslo le ajustó con manos torpes, aquellas manos capaces de ensamblar explosivos con precisión quirúrgica, pero, incapaces de encontrar las palabras correctas cuando se trataba de su hija.
El chofer abrió la puerta, y el invierno ruso se coló de inmediato en el automóvil, el frío mordió sus mejillas, y le cortó la respiración, aun así, Lucya no se quejó, solo sonrió a su padre, quien le of