La noche finalmente llegó, y Lucya no hizo más preguntas a lo largo del día, porque algo en su interior le decía que no merecía la pena indagar demasiado en aquello que, tarde o temprano, vería con sus propios ojos, porque preguntar no la prepararía realmente, por lo que, imitando a Vladimir, se puso un conjunto deportivo cómodo, se recogió el cabello, respiró hondo y, en completo silencio, subió a la camioneta del Zar de Rusia, tratado de disfrutar del trayecto, que no fue largo, pero tampoco