NeriahPermanezco acurrucada contra él, jadeante, mi piel húmeda pegada a la suya, su aliento pesado golpea en mi nuca como el latido sordo de un tambor, sus brazos me rodean como una armadura viviente, cálida, ardiente, y cierro los ojos, incapaz de arrancarme de este abrazo, me dejo llevar por el calor, por esta dulzura nueva que se desliza después de la tormenta, como si ya no necesitáramos devorarnos, solo retenernos, acariciarnos, reconocernos de otra manera.Sus dedos se deslizan a lo largo de mi espalda, lentos, precisos, como si quisiera aprenderme de memoria, como si quisiera inscribir mi cuerpo en su memoria táctil, cada curva, cada hueco, cada cicatriz invisible, y aún tiemblo, ya no por el impacto de la ferocidad, sino por el de la ternura, de la lentitud, de la suavidad, una suavidad que me turba casi más que su fogosidad, una suavidad que me desarma más certeramente que mordedura o zarpazo alguno.—Neriah… —susurra en mi oído, su voz grave se mezcla con el calor de su al
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