NeriahKael avanza; cada paso resuena como un martillazo en mis sienes. La piedra vibra bajo sus pies como si el suelo mismo cediera a su rabia. Sus hombros, hinchados por la furia; sus puños, tan apretados que los nudillos se le vuelven blancos; y sus ojos, de un oro demente, me clavan como dos cuchillos a punto de hendirme. Ya no respira: resopla, ruge, y cada aliento es una advertencia.Liam, contra mí, intenta incorporarse. Sus músculos aún tiemblan, sus dedos ganchudos, que se desmoronan en dedos de hombre, me aprietan la piel con una fuerza desesperada. Su pecho, agitado a sacudidas, choca con mi hombro; su aliento me quema la nuca, pero insiste, forcejea, y su voz ronca estalla como una brasa bajo la lluvia.—Como le pongas un dedo encima… Kael…Su hermano suelta una carcajada, una risa negra, agrietada, que ya no tiene nada de humana, un destello de desprecio que desgarra la noche.—¿Tú? ¿Otra vez amenazándome? Mírate. Te mantienes en pie porque ella te impide pudrirte, respir
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