NAHIACuando entro en el gran salón, la luz me ciega.Todo brilla: las lámparas de araña, los dorados, las copas levantadas, las miradas que se deslizan como hojas pulidas.La fiesta ya está en pleno apogeo.Hombres de esmoquin, mujeres vestidas de seda y fuego, risas que no lo son del todo, promesas susurradas bajo las sonrisas.El aire huele a champán, a perfume, y a algo más pesado, casi metálico.Siento los ojos sobre mí antes siquiera de entender por qué.Un vestido, negro y abierto, que no he elegido.Se me pega a la piel como una segunda conciencia.Mis hombros están desnudos, mi pelo recogido, una cadena fina en el hueco del cuello.Ténèbre insistió.«Por esta noche, representas algo más que a ti misma».No me atreví a preguntar qué quería decir.Busco su rostro entre la multitud.Y lo encuentro, cerca de la gran escalinata.Ténèbre, rodeado de diplomáticos rusos, de hombres con abrigos oscuros, de mujeres que ríen demasiado fuerte.Su sonrisa es la de un rey.Y detrás de él,
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