Isolde no estaba contenta con su padre; él le había mentido, la había utilizado para sus fines, sin pensar en ella, porque era ella quien cargaba la culpa, el dolor y el miedo por la muerte de aquellos que descansaban entre el hielo de Islandia. Pronto, en cualquier momento, los dioses podrían darle ese aroma, esa esencia a desterrada.Al no haber un alfa que la desterrara, que le hiciera juicio, seguramente los dioses lo harían, y ella, sólo ella, cargaba con eso. Su padre estaba feliz, tranquilo.—Bueno, hoy es el gran momento —dijo él con voz medida—. Tú harás tu primera aparición en el holding, como viuda, y una viuda que le dará el poder a su padre.—Tú lo has dicho: una viuda que le dará el poder a su padre. O sea, tengo poder y quieres que te lo dé pero no será así —respondió ella, pero aquel hombre no dudó en darle una y otra y otra bofetada a la loba.Isolde se tambaleó por el golpe; el sabor metálico le llenó la boca. Su orgullo se desmoronaba, pero no la voz. Lo miró con el
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