La luz era plomiza y uniforme, la casa tenía más de cincuenta años de construida. Cuadrada, techo chato, rejas sin más pintura que un antioxidante rojizo en todas las ventanas, el frente de un blanco viejo, sucio, descascarado. Algo en el aspecto de la calle le indicó sin lugar a dudas que estaba en Buenos Aires. Seguramente una zona residencial.La puerta de madera, blanca, pesada, estaba entreabierta, de modo que le volvió la espalda a la calle silenciosa y desierta y entró.C debía estar allí, dondequiera que allí fuese.El aire en el interior no estaba estancado, era fresco, y sin embargo la atmósfera de la casa resultaba opresiva. El recibidor se abría hacia su izquierda y tenía dos puertas al interior de la vivienda. Tomó la de la izquierda y se halló en una habitación vacía, larga, espaciosa, que se estiraba hacia el fondo de la casa, como dos ambientes sin dividir. En lugar de la pared divisoria, una red de pescador colgaba del cielo raso, adorn
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