Constanza llegó al convento cuando los rayos del sol ya quemaban sus mejillas, las visitas se habían hecho màs comodas desde que su tía había renovado las celdas de visita, aunque en su opinión debía intentar recibirla en sus aposentos donde seguramente las sillas tenían almuadillas màs cómodas. -Hace demasiado tiempo que no venías a visitarme- dijo con un puchero que hizo evidente cada nueva línea que su rostro había creado en esas semanas que ahora, mirando sus ojos caídos parecían años. - Lo siento, necesitaba organizar todo- sonrió con gentileza, esa era la parte que, tal vez, solo Celestina conocía, una que nisiquiera su propia madre había visto. Sobre ella Constanza pensaba solo muy de vez en cuando, y ahora que escuchaba aquel tono extraño que su voz había adoptado para abrazar con cada palabra a su tía, recordaba otra vez que ella era su segunda madre. - Entiendo, estaba bromeando- era como una niña pequeña, que vivía feliz en su proprio castillo de fantasía, al me
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