La música de mis gemidos y sollozos se hizo, entonces, más sonora, más estridente y más sensual y eso nos hizo a los dos el doblemente de febriles e impetuosos, disfrutando del placer de nuestras carnes desnudas. Todo era maravilloso en Waldo. Su virilidad redoblada en cánido me hacía sucumbir totalmente y gozaba siendo sometida por sus ansias, llegando a parajes extraviados e inhóspitos de mis profundidades y cada vez descubría nuevos rincones, desconocidos incluso para mí, y que jamás hubiera imaginado me producirían tanto placer y emoción, al extremo de aullar convertida en lo que realmente yo era, una mujer lobo. Cuando Waldo llegó al clímax quedé perpleja, lívida y abanicando mis ojos con mis párpados sin detenerme, obnubilada y eclipsada. Ya no tuve más fuerzas para seguir resistiéndome, gimiendo, sollozando, mordiendo ni arañando, simplemente quedé exánime, sin fuerzas, encharcada en sudor, entumecida, hecha plena propiedad de Waldo. Me derrumbé sobre la alfombra
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