La música de mis gemidos y sollozos se hizo, entonces, más sonora, más estridente y más sensual y eso nos hizo a los dos el doblemente de febriles e impetuosos, disfrutando del placer de nuestras carnes desnudas.
Todo era maravilloso en Waldo. Su virilidad redoblada en cánido me hacía sucumbir totalmente y gozaba siendo sometida por sus ansias, llegando a parajes extraviados e inhóspitos de mis profundidades y cada vez descubría nuevos rincones, desconocidos incluso para mí, y que jamás h