El silencio en la habitación trescientos cuarenta y siete se había vuelto tan denso que parecía tener peso físico, presionando contra los pulmones de las tres personas que permanecían congeladas en sus posiciones respectivas. Isabella seguía junto a la puerta, con su mano todavía descansando sobre el pomo como si una parte de ella estuviera calculando cuántos segundos tardaría en girar el metal y escapar. Enzo permanecía de pie junto a la cama, con sus brazos cruzados sobre el pecho en una postura que Valeria reconocía como su modo de confrontación, el que usaba cuando se preparaba para una batalla que sabía que no podría evitar. Y Valeria misma se había quedado inmóvil frente a la ventana, con su espalda todavía hacia ellos, mirando el Estrecho de Gibraltar sin realmente verlo.—Dile la verdad completa —repitió Enzo, con su voz cortando
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