La luz matutina se filtraba a través de las cortinas del dormitorio cuando Valeria despertó con esa sensación familiar de náuseas que había aprendido a reconocer demasiado bien a lo largo de los años. Se incorporó lentamente, una mano presionando su abdomen mientras respiraba profundamente, intentando controlar las arcadas que amenazaban con consumirla.A su lado, Isabella dormía pacíficamente, el cabello castaño desparramado sobre la almohada como un abanico oscuro. Al otro lado, Sebastián roncaba suavemente, un brazo extendido sobre el espacio entre ambas mujeres como si incluso en sueños quisiera mantenerlas cerca.Valeria se deslizó fuera de la cama con cuidado de no despertar a ninguno de los dos. Eran apenas las seis de la mañana, demasiado temprano para enfrentar preguntas que no sabía cómo responder. Las náuseas la habían estado persigui
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