La mañana llegó sin sobresaltos.No hubo prisas, ni alarmas estridentes, ni discusiones pequeñas por cosas sin nombre. La casa despertó como despiertan los hogares que ya no están en guerra consigo mismos: despacio, con ruidos suaves, con una especie de respiración compartida.Emma fue la primera en abrir los ojos.Alejandro dormía a su lado, de espaldas, con una mano estirada sobre la almohada vacía que ella había dejado al levantarse. Emma lo observó un momento largo, sin nostalgia ni temor. Lo miró con una calma nueva, una que no necesitaba asegurarse de nada.No pensó: ¿seguirá aquí mañana?Pensó: está aquí ahora.Eso era suficiente.Se levantó y caminó descalza hasta la cocina. Preparó café, no por rutina sino por gusto. El aroma llenó el espacio con una familiaridad que ya no dolía. Mientras el agua hervía, escuchó pasos pequeños.Sofía apareció en la puerta, despeinada, con el rostro aún marcado por el sueño.—¿Hoy es sábado? —preguntó.Emma sonrió.—Sí.Sofía suspiró, como si
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