Seth se arrodilló cargando a Ameline desmayada de modo que su cabeza reposara en su hombro, sintiendo tanta preocupación que se sentía al borde de ahogarse. Ella no se despertaba, la cabeza le estaba colgando floja contra su hombro, la respiración tan débil que apenas se sentía en su pecho. El pánico le subió por la garganta como un nudo que no podía tragar. La sacudió suavemente, con miedo de hacerle daño, y le habló bajito, casi suplicando. —Ameline… por favor, despierta. Ya pasó todo, ya estás a salvo. Abre los ojos, por favor. No hubo respuesta. Su rostro estaba pálido como la muerte, los labios resecos y azulados, y el vientre se contraía débilmente bajo la tela de la ropa sucia. Seth sintió que el mundo se le venía abajo. La sacudió un poco más fuerte, con cuidado, pero el pánico ya lo tenía agarrado por completo. —Ameline, por favor… despierta, no me hagas esto. No me hagas esto ahora, te lo ruego. Nada. Seth sacó el teléfono del bolsillo con la mano libre, temblando tan
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