Quizá lo que sentía no era solo deseo. Tampoco podía llamarlo simplemente amor.Era un abismo incómodo, ese punto exacto entre quiero correr y quiero quedarme. En su regazo perdí el control; entregué una parte de mí que juré mantener bajo llave… y, para mi propia sorpresa, no me arrepentía.Tal vez el amor no se trataba de ternura ni de certezas, sino de esta lucha absurda entre miedo y entrega, entre razón y delirio. Frente al espejo, con esa sonrisa boba, casi indecente tatuada en mi rostro, lo acepté: lo que había nacido entre nosotros no pensaba callarse. Incluso si yo lo intentaba.—Entonces… —Mía suspiró por enésima vez, arrancándome de mis pensamientos. Su pijama estaba alborotada; había salido corriendo cuando le envié el mensaje de alerta.—Solo pasó eso —repetí, mordiéndome una uña, esperando no contradecirme.—¿Hablaron? —preguntó, todavía aturdida.—Mía, muero de la vergüenza —confesé, sin ningún intento de disimulo.—Lylah, fue solo un… —se detuvo, midiendo sus palabras—
Leer más