—Señor Urquiza, tengo linimento para golpes. Recuéstese y le daré un masaje.Esta reacción era exactamente lo que Gabriel esperaba.Fingió resistirse un par de veces, hasta finalmente "ceder a regañadientes".En la sala, Gabriel se quitó lentamente el abrigo, quedándose solo con la camisa negra. Su teléfono sonaba incesantemente, pero lo silenció. Quienquiera que fuese, nada era más importante que este momento.Dejó el abrigo sobre el sofá y, apenas sentado, vio a Ana acercarse con el linimento. En la botella transparente quedaba aproximadamente un tercio del líquido oscuro.—Señor Urquiza, quizás sea un atrevimiento, pero necesita quitarse completamente la camisa.Ana se esforzaba por mantener la calma exterior, convenciéndose a sí misma de que, dado que ella lo había derribado, era completamente normal ayudarlo a aplicarse el remedio. Además, ambos eran adultos, no era como si nunca hubiera visto un torso masculino.Con este razonamiento, el rubor en las puntas de sus orejas, ocultas
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