Los golpes eran tan fuertes que la lámpara del recibidor tembló.
Ana despertó sobresaltada de su sueño. Se levantó irritada, encendió la luz, salió de la cama y caminó hacia la puerta. El videoportero mostraba la silueta de un hombre alto que, pegado a la puerta, golpeaba insistentemente con el puño.
Ana no podía distinguir su rostro.
Sin dudar, llamó a administración. Mientras esperaba que llegaran, el hombre seguía golpeando sin descanso, variando la intensidad: de suave a fuerte, y luego de f