Parpadeé un par de veces y, de pronto, recordé algo. Justo cuando iba a decirlo en voz alta, vi esa expresión suya, tan abatida, y me entraron ganas de jugar un poco con él.Me toqué la nariz y le pregunté, fingiendo no entender nada:—¿Qué cosa es más importante? No entiendo muy bien, Mateo, anda, dilo.Él, molesto, me dio un golpecito en la frente y dijo con fastidio:—Nada. A dormir.Después de decir eso, tiró de la manta, se acostó de espaldas a mí y adoptó de verdad la postura de alguien que ya no quería hablar.Al ver su espalda, tan enfurruñada, casi me morí de la risa.Antes él siempre se burlaba de mí; esta vez, por fin, me tocaba tomarle el pelo.Me tapé la boca para contener la risa y, en silencio, rodeé su cuerpo hasta quedar acostada frente a él.Él seguía con los ojos cerrados, sin hacerme caso.Levanté la mano y le toqué la punta de la nariz.—Mateo, dime ya… ¿qué era eso más importante? De verdad no lo entendí.—Oh… si no lo entendiste, pues ni modo. A dormir.Su voz sa
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