Cuando llovía y tronaba, ella siempre corría hasta su cama, temblando, y se acurrucaba en sus brazos.
A él le molestaba, pero, como le había salvado la vida, nunca la apartaba.
A menudo se quedaba mirándolo en silencio y escribía en un papel: “Eres muy guapo, el hombre más guapo que he visto”.
Él se burlaba de su superficialidad.
Tras convivir un tiempo, siempre creyó que la despreciaba, que no le agradaba.
Pero, por la deuda de haberle salvado la vida, solo podía quedarse a su lado como una esp