Lo dijo con un tono ambiguo, y su mirada también tenía ese matiz provocador y ligero.De verdad había vuelto a ser ese Waylon al que le encantaba ver el espectáculo, como si el tema sobre Sofía nunca hubiera existido, como si aquel silencio helado que había dañado el ambiente hubiera sido solo una ilusión.Tal como había dicho Mateo, Waylon también sabía fingir.Realmente, no entendía a los hombres.Si les gusta alguien, les gusta. Si les importa, les importa. ¿Para qué fingir que no?¡Insoportable!Mateo y yo, de manera tácita, no lo desenmascaramos. Solo colocamos los platos en la mesa y le dije: —¿No decías que te morías de hambre? Ven a comer.Waylon se levantó con pereza, lanzó una mirada a los platos y en sus ojos pasó un claro desdén.Lo ignoré, tomé un cubierto y empecé a comer.Después de tanto tiempo, también me moría de hambre.Para mí, la cocina de Mateo nunca había sido cuestionable.Y efectivamente, incluso esos platos que antes eran incomibles, tras pasar por sus manos
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