Dije que no y, aprovechando el momento, corrí rápido para meterme debajo de la cama. Hablar con él no servía de nada; lo mejor era escapar. Pero Jeison me agarró con fuerza en ese mismo instante y me jaló hacia atrás. Justo entonces, se escuchó un estruendo: alguien abrió la puerta de una patada violenta.De inmediato, todo en el cuarto pareció congelarse. Jeison y yo nos quedamos mudos, mirando hacia la entrada, donde de repente apareció la señorita Alma.—Vaya, parece que llegué en un mal momento —dijo ella con una voz que sonaba entre burlona y muy seria—. Les eché a perder el rato, ¿no?Su tono era difícil de descifrar y su mirada, brillante y profunda, no dejaba ver si estaba enojada o no. Jeison todavía me tenía agarrada y yo llevaba puesta ropa de descanso que me quedaba grande. Con el tirón que me dio, el cuello se me había abierto y se me veía medio hombro. En un segundo, se me llenaron los ojos de lágrimas. Miré a la señorita Alma y, llorando, le supliqué:—Señorita, qué buen
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