Capítulo LXXIV

Atenúo mis cejas fruncidas con los dedos.

Es cierto, no pensaré más sobre nuestros orígenes y de quiénes están tras él a pesar de poseer una inquietud tremenda. Sé que tampoco anhelo probar depravación y perversidad.

Regresé a casa después de unos minutos. Mi padre me recibió con un mohín paternal, el de siempre, y con un postre de chocolate en la mesa. Lo miré largo y tendido. Ento

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