Prólogo

—Nathan, ¿qué está pasando? —tragué grueso, mirando a los tres hombres que le apuntaban con un arma.

—Si la chica se mueve, muere —advirtió uno de los tipos, desviando el arma hacia mí. Levanté las manos en el aire por instinto, viendo mi vida pasar frente a mis ojos.

Mi corazón latía como loco, como nunca antes. Los tres tipos estaban a metros de distancia de nosotros, del otro lado de la barra del bar. Miré la puerta, buscando una forma de escaparme de esto, pero quedaba lejos, y si corría hasta ella lo más probable era que terminara con una bala en mi cuerpo. No podía arriesgarme, pero tampoco podía quedarme sin hacer nada.

Nathan estaba detrás de la barra, conmigo, a casi un metro de distancia de mí. Estaba tenso, con la mandíbula y los puños apretados. Su respiración era irregular, pero no tanto como la mía. A diferencia de mí, él no dejaba entrever su miedo. Sus ojos se entrecerraron, mirando con odio a aquellas personas.

—Nathan, dales el dinero —supliqué—. Dales el dinero de la caja y que se vayan —mi voz temblaba. Por lo bien que vestían, no parecían ser simples ladrones. Quise recobrar la calma, no quería que vieran mi miedo, pero la situación me la ponía muy difícil.

—Dudo que en esa caja haya 500 mil dólares —respondió aquel hombre que me apuntaba.

¿500 mil dólares?

—El tiempo para pagar tu deuda se ha terminado, Nathan.

—¿De qué deuda está hablando, Nathan? —Quise saber.

Él no me respondió.

—No tengo que pagarles un solo centavo.

Uno de los que apuntaba a Nathan destrabó el arma. Di un paso hacia el chico a mi lado, a pesar de nuestros problemas, le tenía cariño y no quería que nada le pasara por más odioso, orgulloso y arrogante que fuera.

—¡Que no te muevas! —me advirtió el tipo. Pegué un respingo ante el susto.

—Dejen que ella se vaya, podemos hablar de esto en otro sitio —sugirió mi compañero, en un tono furioso. Siempre supe que él tenía algo que no me cerraba, que sus secretos eran oscuros y perversos, pero jamás pensé que sus secretos fuesen de vida o muerte.

—Pero, ¿qué mierda? —dijo el dueño de una voz muy conocida, parado en las escaleras.

En un abrir y cerrar de ojos, uno de los hombres le disparó repetidas veces a mi jefe, el dueño de esta porquería de bar. Nathan me observó rápidamente y me empujó al suelo, evitando que me dispararan. Me hizo señas para que me metiera al cuarto de descanso, y le hice caso de inmediato. Los otros tipos empezaron a disparar también, por lo que no pude evitar soltar un grito de horror. Nathan aseguró la puerta con pestillo y un viejo mueble.

Quise reprocharle mil cosas a Nathan, tenía cientos de preguntas, miedo y un fuerte dolor de cabeza, pero mi vista se dirigió hacia el suelo por el líquido rojo que llamaba mi atención. A uno de los dos nos habían dado. Lo miré preocupada, pero él no tenía rastros de sangre en su cuerpo. Entonces, me revisé a mí misma, y me di cuenta de que esa sangre me pertenecía. 

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