NO molestar al gigante
Alice huyó de la violencia, de un cobarde para terminar atrapada en el dominio de una bestia.
Con el rostro ensangrentado y el cuerpo marcado por los golpes de un hombre que juró amarla mientras destruía su autoestima llamándola "demasiado pesada", el único camino que le quedaba era la huida. La tormenta de nieve en las profundidades de Alaska debía ser su tumba, pero el destino la arrojó a las puertas de un infierno diferente: la inmensa cabaña de madera de Alexander.
Dos metros diez de estatura. Masa muscular pura, cicatrices de guerra y un pasado en sombras. Un exmilitar ermitaño que vive aislado del mundo porque la sociedad teme a su tamaño... y porque él sabe de lo que es capaz.
En la soledad helada de la montaña, las normas son implícitas, pero hay un aviso no escrito grabado en la madera: no provocar al gigante. Sin embargo, el encierro forzado enciende una tensión salvaje y sin retorno. Alexander no ve en ella a la mujer rota e imperfecta que su expareja intentó destruir. Ve carne abundante, caderas anchas y una tentación irresistible hecha a la medida de su brutalidad.
Entre el fuego abrasador de la chimenea y el aislamiento implacable del invierno, la compasión se transforma rápidamente en hambre. Alexander no busca consolarla; exige reclamarla, invadirla y someterla hasta borrar cada recuerdo del pasado.
Un deseo crudo. Una desproporción aterradora. Cuando la bestia despierta, la única opción es entregarse por completo.