El despacho de Arthur Valerius quedó atrás, pero la electricidad que se había generado entre Alexander y Elena durante la reunión no se disipó. Mientras bajaban en el ascensor privado de la mansión, el silencio era casi palpable. Alexander la observaba por el reflejo del metal pulido; su porte y mandíbula firme contrastaba con la elegancia serena de Elena. Él no podía dejar de pensar en la frialdad estratégica que ella había mostrado minutos antes.
—Esa mirada tuya... —rompió el silencio Alexan