Laura no lograba aceptar tan tranquilamente una casa tan buena. Quería rechazarla, pero cada vez que lo intentaba, Isabella la miraba fijamente, sin pestañear, con una actitud que imponía un poco.
Nunca había visto a una muchacha tan bonita como Isabella. Frente a esa belleza que intimidaba, ni siquiera se atrevía a mirarla a la cara; las palabras de rechazo se le quedaban atoradas en la garganta.
Cuando Isabella, Esteban y la asistente se fueron, Laura se pellizcó la piel del brazo.
—¡Ay!
Dolía