—Diego, tú...
—Si dices una palabra más, te largas. —Los ojos de Diego parecían capaces de lanzar un relámpago.
Gabriel no intentó convencerlo más, solo se rio con amargura y advirtió:
—No termines haciendo un desastre imposible de arreglar.
El yate iba a la playa privada.
—Gabriel, mi vida ya no tiene arreglo desde hace mucho. —Diego miró el mar agitado—. Desde el día en que nací.
Él siempre acababa perdiendo, siempre arruinaba todo. Nadie podía ser tan tonto como para alejar a la persona que m