Cualquiera que escuchara a la mujer que ama decir algo así, sentiría que el corazón se le derretía por completo.
Alejandro había tenido muy pocas experiencias de felicidad desde niño. De pequeño, los únicos momentos bonitos que recordaba eran los pocos días en que su abuelo regresaba al pueblo para acompañarlo. A los siete años, cuando volvió a vivir con la familia Montoya, no tuvo recuerdos que valieran la pena guardar: solo represión y oscuridad en su vida diaria.
Cuando creció, hizo algunos a