—No te prometo nada —dijo Sofía, tranquila.
Ella no era una miserable. No pensaba alimentar falsas esperanzas ni jugar con los sentimientos de Diego.
Solo necesitaba paciencia. Cuando él aceptara la realidad por sí mismo, ya no iba a tener que gastar energía en la despedida.
Diego cambió de expresión.
—¿Entonces voy a tener que esperar mucho?
—Ten un poco de paciencia —respondió ella, siendo ambigua.
Con eso, Sofía se dispuso a irse.
Diego la vio caminar hacia la puerta y, sin darse cuenta, cerr