El tono de Sofía era muy sarcástico, imposible de ocultar.
Diego le agarró fuerte la mano y, muy serio y tenso, dijo:
—Hablas de una manera muy cruel.
—Lo mismo digo —respondió, con total indiferencia—. No olvides que tú eras mucho peor.
Diego siempre lograba lo que se proponía, pero en ese momento sintió, por primera vez, una impotencia profunda.
Por fin entendía su locura en San Rafael: la Sofía dócil que le hacía caso ya no existía.
¿De verdad la había perdido para siempre?
La miró fijamente,