Diego pateó la puerta y jaló a Sofía hacia adentro de la habitación.
La lanzó al sofá y le quitó el teléfono de las manos.
—¡Dámelo! —gruñó mientras intentaba agarrarle los dedos, uno por uno.
La cara de Sofía seguía tensa mientras fingía una calma que le era ajena.
Diego la miró con los ojos llenos de rabia.
—Creí que estabas tomando el pelo esa noche en la mansión de los Villareal, pero lo traías planeado desde antes... —su voz temblaba de furia.
—Me viste humillarme, suplicarte que volviéram