Valentina estaba furiosa.
Algo que no lograba apagar ardía en su pecho.
Antes de ir ya había aguantado la humillación de Mateo, ese idiota arrogante, y creyó que, al menos, en el cumpleaños de Eduardo, todo iba a salir mejor.
Pero la realidad fue otra.
Aun así, tenía que mantenerse firme.
No podía dejar ver ni una grieta.
Por eso se quedó mirando el mantel, fingiendo calma.
Por costumbre, miró la mesa de enfrente, donde estaba Alejandro.
A su lado estaba Pandora, con un conjunto plateado muy ele