—Yo también estoy aprendiendo a ser adulta, ¿no? Igual me esfuerzo y no sirve de nada. No sé qué hacer —dijo Pandora, y suspiró.
Había ido hasta ahí porque estaba preocupada, para conocer mejor a la muchacha que le gustaba a su hijo y entenderlo.
No importaba quién fuera la muchacha: siempre les daba un regalo de cortesía y algún consejo para mantener una buena relación.
Pero al final, ¿para qué servía todo eso?
Pandora estaba un poco triste. Y cuando se ponía triste, prefería no pensar mucho.
A